Mutatis Mutandis | Rolling Stones, Tina Turner, Gram Parsons

Es lo que tiene ser dioses, que los simples mortales, al menos desde los tiempos de Prometeo, queremos alcanzar su divinidad como sea. En el caso de los Stones, moradores indiscutibles del Olimpo musical, no es raro que así suceda. De hecho, ya hemos visitado en otras ocasiones parte del catálogo de recreadores que han tenido. Así que es inevitable regresar a ellos una vez más. Por Ignacio Fernández Herrero.

“Son las mujeres de cabaret. / Dame, dame, dame el blues del cabaret”. Ése, más o menos, era el estribillo pegajoso de “Honky Tonk Women”, la canción que los Rolling Stones grabaron en 1969, tan pegajoso al menos como el baile de esas señoras que inspiraron a Jagger y a Richards cuando su pusieron a componerla en una excursión por Brasil. Cuarenta y cinco años después, que se dice pronto, sigue sonando fresca, porque ése es el misterio precisamente de quienes alcanzan la condición de dioses, son imperecederos en verdad, y sus obras viven de generación en generación como si nada las erosionase. Poco importa al cabo que lo divino habite en los cielos o en los infiernos. En este caso, nos hallamos evidentemente ante satánicas divinidades. 

Portada original del vinilo del “Honky Tonk Women” de los Stones.

Tina Turner también habitó en los infiernos durante una parte de su vida, y tuvo en su marido, Ike Turner, el ángel y el demonio que, además de maltratarla, la modeló en buena medida y que en algún sentido hizo de ella otra honky tonk woman. No es extraño, pues, que de inmediato se apropiaran de la canción de los Stones y construyeran una versión mucho más rítmica, más ennegrecida, aunque por aquellos tiempos la pareja ya estuviera instalada en el firmamento musical. Es decir, no había afán de superación, no lo necesitaban, sino de adueñamiento decidido de un modelo que se encarnaba a la perfección en las maneras de Tina.

Pero “Honky Tonk Women” había sido concebida en origen como una especie de country acústico, a pesar de que sus creadores y recreadores la hubiesen llevado a la postre hacia otros cánones más próximos al rock. Hizo falta que apareciera la figura poderosa de Gram Parsons para que todo se recolocase. Es más, Parsons se sitúa en la célula primera del tema, pues no en balde su amistad con Richards había llevado a que éste bebiera en más de una ocasión, no sólo literalmente, de los modelos del country. De ahí que la grabación que hiciera el artista estadounidense sea tal vez más original que la original propiamente dicha. Son cosas del fluir de la música y de los músicos, es el laberinto de la creación. Hay ocasiones en que no resulta fácil distinguir lo que fue antes, si el dios o la obra.

En fin, no estamos aquí en el terreno simple de las versiones. Más bien, volviendo sobre el comienzo de esta reseña, se trataría de auténticas reencarnaciones. La materia prima es el cantable. Sus intérpretes no dejan de ser meros canales de transmisión, aunque, eso sí, admirables.

Por Ignacio Fernández Herrero.

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