Rocky

Muchos de nosotros tenemos el privilegio de tener a nuestro lado a fieles compañeros que nunca nos dan la espalda, ni siquiera en los peores momentos. El mío se llama Rocky y esta columna, a modo de puñetazo, va dirigida a aquellos que se atreven a regalar mascotas para unos meses después abandonarlas en una cuneta. Por David Acosta.

No, esta vez no voy a hablaros de ningún héroe del boxeo. Ni de Rocky Graziano, ni de Rocky Marciano, ni siquiera del ficticio Rocky Balboa que Sylvester Stallone ha protagonizado en la gran pantalla hasta la saciedad. Lo que sí me encantaría, ya que citamos a grandes golpeadores, es que esta columna sirviera para noquear a las malas conciencias de aquellos que se atreven a regalar mascotas para unos meses después abandonarlas a su suerte por haberse convertido en una molestia que entorpece el viaje a Benidorm, ensucia el sofá, se come las plantas o vaya usted a saber qué más.

Fue hace ya cinco años cuando cometí la locura de incorporar a mi vida a un ser de cuatro patas, mezcla de razas, sin pedigrí, tremendamente asustadizo, y por si fuera poco, mellado (morder cables es lo que tiene, que te electrocutas y pierdes colmillos o incluso la existencia). Lo adopté sin previa cita ni concienzuda reflexión. Así, a las bravas, tal y como suelen tomarse las grandes decisiones. Algunos se echaron las manos a la cabeza y no les culpo. Pero acerté.

Resulta que todos los días del año (llueva, granice o hiele) tengo el deber de levantarme pronto de la cama para sacar a mi ‘hijo’. Ya saben, aguas menores previo levantamiento de pata y aguas mayores con posterior recogida en bolsa del ‘regalito’. La operación se repite otras dos veces en cada jornada. Y aún así, vuelvo a decir, acerté. Al sacrificio del paseo hay que añadir el coste económico de la criatura, algo que en estos tiempos que corren puede suponer otro quebradero de cabeza. Veterinario, vacunas, antiparasitarios, corte de pezuñas, comida, juguetes, residencia para perros si te vas de viaje y no tienes con quién dejarlo… A rascarse el bolsillo. Y aún así, insisto, acerté.

Sí, mi ‘niño’ se llama Rocky y es un bendito can. Cualquier esfuerzo anteriormente citado queda compensado con sus recibimientos saltarines y jubilosos, su compañía silenciosa mientras trabajo, sus repentinos ataques de cariño en busca de una caricia o un abrazo, su carita de mártir (ensayada la tiene el puñetero) cuando suplica por una patata frita… Son pequeños momentos que llegan al corazón, siempre y cuando uno tenga de eso, claro. Porque lamentablemente el mundo está lleno de desalmados capaces de tirar en una cuneta a aquel perrito que tantas monerías hacía y provocaba cuando sólo era un cachorro. Quizá sea por eso por lo que Rocky no se fía de los humanos a los que no conoce en profundidad. Hace bien.

Selfi perruno y con mucho sueño.

Por @davidgenetika.

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