The Bright | Rock americano, puntualidad británica

Como en aquellas doradas crónicas de los 60, en las que los escritores se unían a las bandas de rock en sus giras, el autor leonés Julio César Álvarez acompañó a The Bright en su último viaje a Madrid. Confidencias, furgoneta y mucho más. Ellos no son un grupo al uso. Comen manzanas, son educados y aman a Neil Young. Acérquense y conozcan de (muy) cerca a The Bright. Por Julio César Álvarez.

Una pequeña mochila con ropa. Sólo lo necesario. Una crónica de viajes, una ruta por carretera y una banda rock que no deja de crecer: The Bright. Son poco más de las diez de la mañana. Vienen a buscarme en su furgoneta gris. Sonríen. Besos. Miryam está guapísima, Aníbal lleva una americana verde y barba de cuatro días. Siempre parecen una gran foto a punto de hacer clic. Se alegran de verme. Les acompaña gran parte de la banda. The Bright son Miryam y Aníbal, claro, y un excelente grupo que les convierte en una intimidad hogareña que yo vengo a romper por unos días. Poco a poco les iré presentando. Ya hay música, desde el primer minuto, como un colchón en el que dejarnos caer y ser nosotros mismos. Conduce Juancho, su mánager y bajista. Ha visto prácticamente de todo desde sus tiempos de mánager de Dover. Sigue cerca de la música y de los músicos como un balón blando de oxígeno que le convierte en alguien más joven que el resto. Vamos a buscar a Juan Marigorta, batería y genio precoz. Me da un abrazo, como dos amigos que hubieran estado juntos en el ejército o en una guerra reciente. La cultura y su uso (o desuso) es básicamente eso. Una guerra abierta.

Dirección Madrid. Antes pasamos por una nave industrial a por los instrumentos. Nos hacemos fotos. Juancho sonríe. Cargamos entre todos los amplificadores y las fundas de guitarra o batería. Me sale el lado caballero y Miryam dice que no, y acaba cargando los instrumentos igual que el resto. En el interior de un grupo no existen esnobismos. Por muchas fotos en el Esquire o en la Rolling Stone. Continuamos en dirección a Madrid. También viaja con nosotros David. Lleva barba, es perspicaz y buen observador. Toca el violín (después me dejará cogerlo y lo sentiré sorprendentemente poco pesado), con disciplina clásica y barba posmoderna. Un grupo de música básicamente habla de música. Suenan Detroit Cobras, Iggy Pop o R.E.M. Soy un apasionado de R.E.M. Aníbal come manzanas verdes y juega en su tablet a viejos videojuegos de los 80 tipo Mario Bross. Me deja jugar un rato a un juego de un ninja y su perro. La furgoneta es un lugar fantástico para hablar. Crea un clima sereno y cálido entre nosotros. El modo perfecto para llegar a conocer a alguien. Viajamos con una ligera niebla.

Paramos a comer en un restaurante de carretera. El grupo contrasta con el resto del local. Son como dos versiones del mismo país. Miryam y Aníbal se cuidan muchísimo. Piden verduras y cosas ligeras. Por lo que me cuentan y sé por su Facebook, hacen deporte de un modo regular. Ambos entrenan a boxeo. Miryam incluso combate de cuando en cuando. Me dice que tiene un pequeño moratón en la ceja. Es casi imposible detectarlo. En algún momento, sale la conversación sobre esa tribu urbana, los Straight Edge, gente del hardcore norteamericano que no bebía ni consumía drogas, además de evitar promiscuidades, huyendo de todos los sempiternos tópicos del rock. The Bright resulta una versión folk relajada de esa misma sensación. Y de algún modo se convierte en algo revolucionario. Son sanos y pretenden seguir siéndolo.

Miryam es delgada, activa y le gusta hablar. Dice de sí misma que es mojigata cuando hablamos de chicas, noche o sexo. Es el problema de rodear a una mujer de tantos hombres. En Madrid vamos directamente a la sala La Boite, en el centro, cerca de Ópera. Bajamos los instrumentos entre todos. La sala les resulta familiar y cercana, aunque nunca hayan tocado allí antes. Preparan el equipo y se ponen a ensayar. Se colocan tapones en los oídos. Uno de los grandes inconvenientes de los músicos es la pérdida de audición. Su enfermedad profesional. A Juan ya le ha pasado. Juancho y yo vamos a Discos Melocotón a dejar unos carteles de una próxima gira de Paul Collins y su parada en Madrid.

Me quedo un rato ojeando discos. Pillo algo a buen precio. Luego me haré con el primer álbum de The Pastels. Me recuerda a alguien. Pero esa es otra historia. Vuelvo a La Boite. Están ensayando. Con la sala vacía, el volumen se convierte en algo ensordecedor. Nos hacemos fotos con la cámara de Miryam en los sofás de vinilo rojo. Cuando acaban, dejan una lista de invitados para el directo. Será más tarde, y habrá que retrasarlo porque el teatro de al lado tiene actuación a la misma hora.

Nos vamos por ahí. A mirar más discos. David compra algo de Tom Petty. Juancho me recomienda que me haga con algo de Aztec Camera. Conoce a los dueños de la tienda de discos y coloca uno de sus primeros elepés en el plato. La tienda parece un lugar de otro tiempo. Nos encontramos casualmente con gente de León. Madrid es el mejor lugar para encontrar gente de tu propia ciudad. The Bright dormirán en un hotel cercano a la sala. Los tres chicos por un lado, y Miryam y Aníbal por el otro. Muchos grupos van a este lugar. Quedo con mi amigo Raúl. Me doy una ducha rápida, escucho música y vamos al concierto. Parte del grupo está en el camerino. Un pequeño zulo negro con un espejo grande y mucho encanto. Miryam y Aníbal tienen una caja de cervezas Carlsberg para ellos. Los amigos íntimos pasan a verlos y desearles suerte. Miryam duda y al final se pinta unas líneas de guerra en la cara.

A las diez y media de la noche salen a escena. La sala está prácticamente llena. Hay caras familiares. The Bright escrito en pequeños puntos blancos luce tras ellos en una pantalla. Son agradecidos y valoran cada pequeña muestra de afecto del público. Se entregan, sudan, se sienten vitalistas y accesibles. Cuando el concierto acaba, el público aplaude y ellos, toda la banda, se muestran entusiastas. Ha sido un buen concierto. Voy a verlos al camerino. Se les nota satisfechos y ligeramente nerviosos. Algunos pasan a darles la enhorabuena. Tras un rato, y después de que muchos abandonen la sala, alguna gente se acerca con cedés para que se los firmen.

Yo mientras salgo con mi amigo fuera. Hablamos con una chica de León y su colega londinense. Se van a beber. No nos volveremos a ver. Nosotros vamos con el grupo a la sala Sol. Pasamos con Juancho, un viejo conocido de la casa (fue responsable de su programación de conciertos en los 90), y llegamos poco después de que acabe un directo de los Dictators. Está toda la fauna de Malasaña. La vieja guardia. La mayoría se conoce entre sí. Ronda Alfred Crespo, director de Ruta 66, que me dice que le han entusiasmado mis últimos libros y que quiere conocerme. Me promete enviar un libro que escribió sobre Burning. Prometo hacer lo mismo con mi primera novela.

Myriam y Aníbal, a eso de las dos de la madrugada, deciden irse al hotel. Quieren descansar. David y Juan les seguirán poco después. Nos quedamos Juancho, mi amigo Raúl y yo. Juancho se va con los más crápulas al Louie Louie. Raúl y yo nos vamos al Nasti, ahora reconvertido de nuevo en Maravillas. Pincha Tula Pones. También está por allí Roberto Galáctica y algún nuevo humorista espectáculo. Madrid es una extensión de León por la noche. Nos quedamos un rato, pero las comparaciones resultan odiosas con el antiguo Nasti. Me duele. Seguimos por Malasaña sin rumbo fijo. Y a eso de las cinco de la mañana decidimos irnos a dormir. Caminando ya por Fuencarral, oigo gritar “Eléctrico” desde cierta distancia. Es Juancho, que se une a nosotros y nos propone continuar más la fiesta. Estamos a la altura de Gran Vía. Me cuesta un poco convencerle de que mejor nos vamos a dormir. Al día siguiente toca más furgoneta y tendrá conducir. Quedamos en el hall del hotel a las doce y media.

Malduermo, desayuno algo en una cafetería regentada por un hombre del este empeñado en gritar y hacer bromas con la clientela. Llegó puntual al hall. Los tiempos son muy importantes para el grupo. Para Juancho, que conoció el exceso de las bandas nacionales de los 90, esto debe ser como una vagoneta infantil en Disneylandia. Nos hacemos fotos. Los clientes del hotel se nos quedan mirando. Se nota con facilidad que son músicos. Cualquiera puede intuirlo. Aníbal ha comprado un par de sombreros. Uno marrón y otro negro. Me pruebo el negro. David lleva un jersey morado de flores. Bromeamos con que debería montar un grupo tipo Communards o Duran Duran. Todos coincidimos en que echamos de menos a los Nuevos Románticos. Cogemos la furgoneta y nos vamos a comer a una hamburguesería a las afuera de Madrid. Pillamos patatas fritas, ensalada, nachos y hamburguesas. La conversación es divertida. Hablamos relajadamente, desde temas relacionados con la Segunda Guerra Mundial a las reacciones del público ayer en el concierto.

Nos montamos de nuevo en la furgoneta y regresamos a León. En el viaje de vuelta, la intimidad ha crecido entre el grupo. Se sienten más cómodos. Hablan de sí mismos sin miramientos. Miryam se descalza y muestra unos pies muy pequeños. Lleva las uñas de los pies pintadas de rojo. Me habla de sus preocupaciones. Luego Aníbal y ella me cuentan que están felices viviendo juntos. Se complementan de algún modo. Es parte de su encanto natural, esa forma que tienen ambos de entenderse y crecer pegados. Juan duerme. David conduce. Juancho cuenta anécdotas sobre el primitivo Purple Weekend. Hablamos bien de Alejandro Diez (Los Flechazos, Cooper) y Luis Miguélez (Alaska y Dinarama, Glamour to Kill), por ser valientes y geniales en el momento en que lo fueron. Mientras el resto está a sus cosas, Juan nos cuenta a Miryam y a mí una anécdota extraña y divertidísima sobre su visita hippie a San Francisco. Es un cierre perfecto a un viaje perfecto. Me acercan a casa. En una semana se irán a Barcelona. Tocan en Razzmatazz. Yo ya no les acompañaré. Aunque me gustaría, claro.

Texto: Julio César Álvarez

Fotos del concierto: Javier Rosa

Fotos restantes: The Bright y Julio César Álvarez

Por @genetikarock.

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2 Respuestas a “The Bright | Rock americano, puntualidad británica”

  1. Lupe dice:

    Pues no se porqué un músico al uso no puede comer manzanas ni ser educado 😉 Yo no debo ser tampoco al uso porque soy vegetariana y creo que soy bastante educada. Ya lo decía un profesor mío que le miraban raro porque era músico y no bebía alcohol…. En fin…….

  2. Luis Ma. dice:

    Una excelente crónica, para un excelente concierto. Muchas gracias Julio por narrárnoslo!

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